¿No hay estudios científicos? Hay cientos

La reciente aparición de Geosanix en el Telediario de La 1 sigue trayendo cola. Las quejas enviadas a RTVE por un número indeterminado de telespectadores han sido atendidas por la Defensora del Espectador, Elena Sánchez.

La mayoría de esas quejas son motivadas por un desconocimiento científico de los efectos que pueden causar los campos electromagnéticos en los organismos vivos. Como no nos cansaremos de explicar una y otra vez, nuestros órganos vitales funcionan por impulsos electromagnéticos. De ahí que haya pruebas diagnósticas como el electrocardiograma o el electroencefalograma. Por simple lógica, por tanto, cabe intuir que una exposición de nuestro organismo a estas ondas y radiaciones puede interferir en nuestros ritmos vitales, de la misma manera que un aparato de radio deja de sintonizar correctamente en caso de interferencias.

Pero no nos quedemos en la superficie. Desde este blog me gustaría rebatir, una vez más y punto por punto, los argumentos de quienes tratan de desacreditar no sólo a Geosanix o a la Fundación para la Salud Geoambiental, sino a instituciones y científicos de todo el mundo que dedican esfuerzos y fondos a investigar este fenómeno. Vayamos punto por punto.

1. “No hay ninguna investigación seria sobre los efectos nocivos de las radiaciones”.

No es que no haya ninguna; es que hay cientos y cientos. El Informe Bioinitiative, elaborado por 14 científicos independientes y revisado por otros 12 científicos más, recoge más de 1.500 estudios que arrojan evidencias sobre los efectos de la exposición a campos electromagnéticos en organismos vivos.

Además de los exhaustivos datos contenidos en Bioinitiative, existen muchas más referencias sobre los riesgos de la contaminación electromagnética. En todo el planeta hay científicos cada vez más activos en lo referente a la protección frente a campos electromagnéticos. Ahí tenemos la Resolución de Copenhague, de 9 de octubre de 2010; la Resolución de Porto Alegre, de 15 de septiembre de 2009; la Resolución de Londres, de 27 de noviembre de 2007; la Declaración de París, de 23 de marzo de 2009; la Resolución de Benevento, de febrero de 2006, y multitud de otros acuerdos o resoluciones firmados por científicos expertos en campos electromagnéticos y con gran reputación en sus respectivas especialidades.

Muy interesante, y disponible en PubMed, es la Declaración de Seletun, Noruega, de noviembre de 2009. El artículo se titula Scientific Panel on Electromagnetic Field Health Risks: Consensus Points, Recommendations, and Rationales y aparece publicado en Reviews on Environmental Health, vol 25, nº4 2010; se trata del boletín oficial de los inspectores del Instituto Canadiense de Salud Pública.

El propio Parlamento Europeo aprobó el 2 de abril de 2009 una resolución en la que reconoce explícitamente que “cada ciudadano está expuesto a una mezcla compleja de campos eléctricos y magnéticos de diferentes frecuencias tanto en el hogar como en el trabajo” y que dichos campos electromagnéticos “pueden producir efectos adversos para la salud humana”. El Parlamento Europeo, en esa resolución, insta a su comité científico a revisar los riesgos existentes; pide a los estados miembro y a la industria que colaboren para buscar tecnologías alternativas que reduzcan la exposición de la población a campos electromagnéticos; y recomienda medidas de precaución a la hora de utilizar determinadas tecnologías.

Es evidente que ya existen suficientes datos, recurrentes y todos ellos preocupantes, como para seguir cerrando los ojos a esta situación. Los avances científicos concretos suelen tardar en ser comúnmente aceptados por la comunidad científica y en divulgarse a toda la sociedad, y eso es ni más ni menos lo que está pasando en el momento actual. Pero de ahí a que se silencie el problema, se desprestigie a Geosanix o se ataque a RTVE por divulgar este problema (que es de todos, porque todos estamos expuestos), hay un mundo.

2. «¿Cómo puede ser que el efecto se evite apagando determinados aparatos o electrodomésticos? ¿No debemos preocuparnos porque basta desenchufarlos antes de dormir? ¿Cuando estamos despiertos, estas malignas radiaciones no hacen nada?”

Más que apagar los aparatos eléctricos o los electrodomésticos, el efecto nocivo de los campos que generan dichos aparatos se evita asegurándonos de que la conexión eléctrica es correcta y la toma de tierra cumple su función. Un simple buscapolos, herramienta de uso cotidiano para cualquier electricista y de venta en ferreterías por un módico precio, basta para confirmar que el aparato no continúe en carga eléctrica mientras está apagado.

Esto en lo que se refiere a aparatos eléctricos, pero no olvidemos que cada vez proliferan más otros riesgos, como las altas frecuencias. Nuestros hogares y oficinas están llenos de tecnologías inalámbricas (router wifi, teléfonos inalámbricos DECT, antenas de telefonía móvil frente a nuestras ventanas, teléfonos móviles en nuestras mesillas de noche…). Hemos abierto voluntariamente las puertas de nuestras casas y de nuestros centros de trabajo a toda una serie de fuentes de altas frecuencias. Estamos rodeados de aparatos que continuamente se envían información entre sí mediante campos electromagnéticos. Y la realidad es que estos aparatos suelen dejarse siempre encendidos y en funcionamiento, incluso aunque no se estén usando, cosa totalmente ilógica.

Como resultado, vivimos sumidos en un auténtico océano de radiaciones, cada vez más numerosas e intensas, para el cual no estamos biológicamente preparados y que no pertenece a nuestra naturaleza evolutiva.

Y no, no es que las radiaciones sean más nocivas cuando dormimos. Lo que ocurre es que dormimos unas ocho horas al día, y eso es mucho tiempo para estar expuesto, día tras día, mes tras mes, año tras año, a un posible riesgo electromagnético del que seguramente no seamos conscientes. Recordemos que las radiaciones son más o menos nocivas en función de su intensidad y del tiempo de exposición. Una cosa es estar un rato expuesto a determinado campo electromagnético y otra muy distinta es someternos muchas horas al día a un campo de mayor intensidad durante toda la vida. Por eso conviene analizar nuestro entorno, estudiar a qué posibles peligros estamos expuestos, y eliminarlos o minimizarlos. Las zonas de alta permanencia, como la cama o el lugar de trabajo, son especialmente importantes, como ya hemos explicado.

3. “Para parar las ondas electromagnéticas hay que meterse en una jaula de metal, no hay otra manera de aislarse de las ondas electromagnéticas”.

Efectivamente, cualquier material conductor situado en un campo eléctrico sufrirá cambios en la distribución de sus cargas. Estas corrientes a su vez generan campos eléctricos opuestos al campo eléctrico de partida. En este principio se basa la conocida jaula de Faraday.

Sin embargo, no es cierto que la jaula de Faraday sea la única forma de protegerse frente a los campos electromagnéticos. Como se puede leer en cualquier libro de electromagnetismo, los campos electromagnéticos pueden sufrir reflexión en superficies debido a las corrientes de Foucault. Asimismo, materiales de alta permeabilidad magnética como el mu-metal son capaces de “desviar” los campos magnéticos de baja frecuencia (fundamentalmente los que provienen de la red eléctrica, 50 Hz), lo que nos permite evitar que dichos campos penetren en un lugar concreto, como un inmueble.

Para las radiaciones de alta frecuencia (antenas de telefonía móvil, routers wifi, etc) utilizamos tejidos apantallantes confeccionados con un hilado metálico entretejido que ejerce de conductor y genera un efecto similar al de una jaula de Faraday. También podemos utilizar pinturas de grafito para pintar determinadas paredes y así apantallar radiofrecuencias o eliminar campos eléctricos de la instalación de una vivienda. Muchas veces no hace falta más que apantallar una pared, o poner una lámina de este material debajo de una cama… todo depende de las características y del origen de cada campo electromagnético.

En definitiva, el propósito de estas técnicas no es hacer desaparecer por completo un campo electromagnético en nuestro entorno, sino reducir su intensidad y, por tanto, minimizar el riesgo para nuestra salud por exposición prolongada, que es nuestro ámbito de trabajo.

4. «Es publicidad encubierta».

Informar de riesgos para nuestra salud y de posibles soluciones que mejoran las condiciones de vida de la humanidad no puede ser jamás publicidad encubierta. Por esa regla de tres, jamás veríamos noticias del tipo “el hospital x realiza con éxito el primer trasplante de x en el mundo”, por ejemplo, porque sería publicidad encubierta del hospital. Quienes esgrimen este tipo de argumentos parecen no pensar en las personas que necesitan esa información para mejorar su calidad de vida. Lo que ha hecho La 1 no es publicidad encubierta, sino todo lo contrario: es divulgar, concienciar a la población sobre una realidad que desconocen y en la que están trabajando cientos de científicos de todo el mundo y, en definitiva, es dar un servicio público a la sociedad, que es la razón de ser de RTVE.

Todos sabemos que la información en televisión es complicada: en apenas 60 segundos hay que combinar rigor científico con explicaciones que cualquier ciudadano pueda entender, sea cual sea su formación. En tan poco tiempo es imposible poner sobre la mesa los múltiples estudios existentes; explicar los mecanismos biológicos por los que las radiaciones pueden resultar nocivas a largo plazo; por qué son importantes factores tales como la intensidad de la radiación o el tiempo de exposición; etc. Pero todo eso no es motivo suficiente para descalificar este tipo de informaciones o negar una realidad científica que está al alcance de cualquiera que no se empeñe en cerrar los ojos.

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