La sanidad frente a las enfermedades ambientales

Sanidad frente a las enfermedades ambientales

Estamos de celebración, y esta va a ser otra de las buenas. El próximo lunes 7 de mayo organizamos la primera edición de la jornada «La sanidad frente a las enfermedades ambientales« en el salón de actos del Hospital Universitario Ramón y Cajal (Madrid). En esta edición, profesionales cuidadosamente seleccionados presentarán la actualidad en diferentes facetas de estas patologías: riesgos ambientales y laborales, políticas de prevención y actuaciones en la sanidad española y en instituciones europeas…. Todo relacionado con la fibromialgia, el síndrome de fatiga crónica, exposición del personal sanitario a radiaciones no ionizantes, exposición a tóxicos ambientales... En resumen, un amplio abanico informativo.

La Fundación para la Salud Geoambiental y el Instituto Ramón y Cajal de Investigación Sanitaria-IRYCIS, organizan este acto con la colaboración del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid y de la Plataforma Nacional de fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, y síndrome químico múltiple.

Si queréis ver los detalles de la organización y de las ponencias podéis descargaros aquí el PDF con el programa del evento.

Nos vemos en pronto en la jornada de la «Sanidad frente a las enfermedades ambientales».

Cartas desde Fukushima

Esta mañana he conseguido hablar con mis amigos que viven en Japón, todos están bien. Alguno se encontraba en España en el momento del terremoto. Por suerte las ciudades de Nagoya y Kioto, donde residen, no han sufrido las devastadoras consecuencias del terremoto del pasado viernes.

La verdad es que las imágenes de la ola provocada por el tsunami devorando tierras, edificios y personas son estremecedoras, te hacen sentir impotente ante la magnitud de los hechos. La primera vez que vi la ola en televisión no era capaz de reconocer lo que estaba viendo, por lo insólito del acontecimiento. Los datos de las noticias aparecidas en los medios de información causan tal impacto que resultan casi incomprensibles. Y si no hay bastante con el suceso, ahora nos encontramos con la crisis nuclear de la central de Fukoshima como consecuencia del desastre natural.

Solo hace diez días que nos preguntábamos en este blog sobre la herencia nuclear de las bombas de Palomares y si realmente todo estaba tan controlado y era tan seguro como las autoridades nos querían dar a entender. Como tristemente hemos observado, ni podemos prever la trascendencia de los acontecimientos futuros, ni las autoridades lo tienen todo tan controlado como nos quieren dar a entender.  Es más, no tienen ni idea del alcance que puede llegar a tener un desastre como el de Fukushima a pesar de tener ejemplos como el de los anteriores accidentes nucleares ocurridos , o las pruebas nucleares ensayadas en lugares del planeta que solo ellos conocen. No tienen ni idea, porque a día de hoy todavía continúan haciendo estragos en “la vida” las radiaciones presentes en esos parajes prohibidos. Estragos que nos encontramos solo con el paso del tiempo, según se van manifestando. Bueno, más bien los vamos conociendo a toro pasado, cuando ya no tienen reparos en contárnoslos.

Quiero tener la esperanza de que no esté naciendo otro monstruo nuclear que tengamos que mantener encerrado en una jaula de hormigón y plomo hasta el día del juicio final. (como en Chernobyl). Ojala que no, ojala que de verdad las autoridades lo tengan todo tan controlado como nos quieren dar a entender, y que no ocurra nada más de lo que está ocurriendo en estos momentos en Japón (que de por sí ya es indescriptible). Ojalá que el incidente nuclear de Fukushima solo quede reflejado en la historia como una advertencia, un aviso más de que podemos perder el control sobre nuestras creaciones, simplemente porque somos humanos, o porque la naturaleza cuenta con fuerzas de dimensiones infinitas que nos superan. Que esto solo sea una oportunidad para ser más conscientes de las consecuencias de nuestros actos y decisiones.

¿Realmente merece la pena mantener las centrales nucleares hasta que tarde o temprano ocurra otra desgracia peor? ¿Otra más?

Os dejo estas imágenes de Chernobyl para que podamos hacer nuestra reflexión y decidir cómo y con qué queremos construir nuestro futuro. Y hablo de construir, no de destruir.

http://www.foro-cualquiera.com/imagenes-avatars/114500-imagenes-chernobyl-hoy-dia.html

Feria Biocultura Valencia 2011

La semana pasada, desde Geosanix, participamos en la Feria de Biocultura de Valencia con un stand. En él proporcionábamos información detallada sobre las distintas fuentes de emisión de radiaciones, los posibles riesgos en nuestra salud y las medidas que podemos tomar cada uno de nosotros para evitarlos.

Instalamos el stand en un espacio libre de radiaciones con cortinas apantallantes. Estas cortinas son confeccionadas con algodón y microhilos metálicos, de manera que reduce en un 90% los campos electromagnéticos de alta frecuencia. En el stand hicimos demostraciones sobre cómo se detectan y miden las radiaciones con aparatos específicos y, además, explicamos las posibles soluciones y medidas que hay que tomar para disminuir las emisiones.

En definitiva, nos lo pasamos genial. Fueron dos días muy intensos y estuvimos en contacto con muchas personas interesadas en conocernos y saber un poco más sobre la salud geoambiental y la contaminación electromagnética.

Y vosotros, ¿estuvísteis allí? ¿Qué os pareció la Feria?

“¡Tranquilos, no hay ningún riesgo! Y además, el agua está muy buena”

Esto fue los que nos contaron en aquel entonces, como autoridades responsables de nuestra salud, el ministro de Información y Turismo don Manuel Fraga y el embajador de los Estados Unidos, cuando se bañaron juntos en las playas almerienses de Palomares. Y ¿por qué? Para demostrarnos que no existía ningún riesgo por la presencia en el agua de unos pocos kilogramos de plutonio, uranio y americio contenido en las bombas atómicas caídas por accidente en nuestras costas.

Cuarenta y cinco años después, como ha ocurrido con tantas mentiras gordas de la historia, descubrimos que el animalito ni era tan manso ni era pequeñito. En realidad, se trataba de un monstruo atómico tipo Godzilla capaz de arrasar con 50.000 m3 de terreno de un solo mordisco, dejando la parcela inservible hasta para la recalificación urbanística más salvaje. Ojo, lo de recalificar no es broma, que se ha intentado.

Tengo que reconocer que durante años llegué a creer que las bombas de Palomares no habían sido más que un episodio anecdótico de aquella España de los sesenta en la que me tocó nacer, que el daño estaba realmente controlado y que no había riesgos, como nos habían contado las autoridades en su momento. Pero ha resultado que el hecho no ha sido tan pintoresco, y nos viene a recordar que constantemente jugamos con fuego sin querer aceptarlo. Y además, negamos lo evidente: que es peligroso y no siempre sale como las autoridades nos aseguran que saldrá. Nos dicen que no hay peligro con las centrales nucleares actuales que pretendemos mantener en funcionamiento mas allá de la fecha acordada inicialmente para su cierre. Y tendremos que custodiar el sarcófago de hormigón de Chernóbil durante ¿cuánto? ¿25.000 años?

¿Y qué pasa con las radiaciones de las antenas base de telefonía móvil, y con los usuarios de teléfonos móviles, wifi o teléfonos inalámbricos DECT? ¿Y con los campos de las líneas de transporte eléctrico y transformadores urbanos? ¿Qué noticias nos darán dentro de 20 o 45 años?

¿Estás dispuesto a aceptar que las autoridades sanitarias y políticas realmente tienen toda la información y control? ¿Crees que saben garantizar nuestra salud y seguridad ante energías que ni los científicos más punteros llegan a comprender por completo? Y lo más importante, ¿crees que pueden protegernos de los intrincados mecanismos que interactúan entre esas energías y nosotros?

Las radiaciones de los móviles afectan al cerebro

Ayer los medios de comunicación se hicieron eco del enésimo estudio sobre los efectos de las radiaciones de los móviles en el cerebro. En esta ocasión, el estudio constata un incremento en el metabolismo de la glucosa, que es un indicador habitual de actividad cerebral. Los resultados han sido publicados en la prestigiosa revista científica The Journal of the American Medical Association (JAMA).

Tal y como se explicaba en la noticia de El Mundo, «hablar durante 50 minutos por un teléfono móvil o un inalámbrico casero puede provocar alteraciones en las regiones del cerebro cercanas a la oreja que se esté usando, aunque no está claro que la salud vaya a verse perjudicada por este efecto”.

Y lo cierto es que, como ya sabemos, todavía no hay datos concluyentes sobre los efectos de las radiaciones de móviles en nuestra salud. Pero sí hay demasiados indicios de que inocuo, lo que se dice inocuo, no es. Y si no, ¿por qué los propios fabricantes de móviles recomiendan precaución a los usuarios de estos aparatos? Copio un par de frases del manual de mi teléfono móvil:

“Mantenga una distancia de 25 mm entre el dispositivo Blackberry y su cuerpo mientras el dispositivo Blackberry está transmitiendo”.
“Los efectos a largo plazo por exceder las normas de exposición a RF [radiofrecuencia] pueden presentar el riesgo de daños graves”.

Mirad los folletos de vuestros móviles y encontraréis advertencias similares. Si no hubiera ninguna amenaza para la salud, evidentemente los fabricantes de estos aparatos no incluirían frases semejantes, contrarias a sus intereses.

Ayer lo explicaba muy bien mi compañero José Miguel Rodríguez, director de Geosanix, en Punto Radio. Esta emisora dedicó una gran parte del programa Queremos hablar a explicar los riesgos de los móviles (avanzad el audio hasta un poco antes de la mitad de la barra de tiempo).

Y vosotros, ¿cuántas horas al día habláis por el móvil? ¿Lo ponéis pegado a vuestra oreja? ¿Usáis el móvil incluso en ocasiones en las que tenéis un teléfono fijo a mano? ¿Usáis auriculares de baja radiación?

Las nuevas fuentes de radiaciones, a examen

Los que leéis este blog con regularidad ya sabéis cuál es uno de los principales riesgos geoambientales existentes en nuestra vida diaria: las tecnologías inalámbricas. Estas nuevas fuentes de radiación han entrado masivamente en nuestros hogares y oficinas, y les hemos abierto la puerta sin calibrar previamente si son verdaderamente necesarias, sin sopesar los inconvenientes frente a las ventajas y sin informarnos de cómo utilizarlas de forma correcta.

En mi trabajo como experto en salud geoambiental, cada día encuentro un nuevo aparato inalámbrico. Hay tantas novedades, y muchas tan desconocidas aún, que en Geosanix hemos decidido poner en marcha un banco de pruebas para someter a examen estas fuentes de radiaciones. Os dejo con el primer ejemplo.

Contadnos que opináis: ¿colocaríais una fuente de radiaciones así al lado de vuestro bebé?

¿No hay estudios científicos? Hay cientos

La reciente aparición de Geosanix en el Telediario de La 1 sigue trayendo cola. Las quejas enviadas a RTVE por un número indeterminado de telespectadores han sido atendidas por la Defensora del Espectador, Elena Sánchez.

La mayoría de esas quejas son motivadas por un desconocimiento científico de los efectos que pueden causar los campos electromagnéticos en los organismos vivos. Como no nos cansaremos de explicar una y otra vez, nuestros órganos vitales funcionan por impulsos electromagnéticos. De ahí que haya pruebas diagnósticas como el electrocardiograma o el electroencefalograma. Por simple lógica, por tanto, cabe intuir que una exposición de nuestro organismo a estas ondas y radiaciones puede interferir en nuestros ritmos vitales, de la misma manera que un aparato de radio deja de sintonizar correctamente en caso de interferencias.

Pero no nos quedemos en la superficie. Desde este blog me gustaría rebatir, una vez más y punto por punto, los argumentos de quienes tratan de desacreditar no sólo a Geosanix o a la Fundación para la Salud Geoambiental, sino a instituciones y científicos de todo el mundo que dedican esfuerzos y fondos a investigar este fenómeno. Vayamos punto por punto.

1. “No hay ninguna investigación seria sobre los efectos nocivos de las radiaciones”.

No es que no haya ninguna; es que hay cientos y cientos. El Informe Bioinitiative, elaborado por 14 científicos independientes y revisado por otros 12 científicos más, recoge más de 1.500 estudios que arrojan evidencias sobre los efectos de la exposición a campos electromagnéticos en organismos vivos.

Además de los exhaustivos datos contenidos en Bioinitiative, existen muchas más referencias sobre los riesgos de la contaminación electromagnética. En todo el planeta hay científicos cada vez más activos en lo referente a la protección frente a campos electromagnéticos. Ahí tenemos la Resolución de Copenhague, de 9 de octubre de 2010; la Resolución de Porto Alegre, de 15 de septiembre de 2009; la Resolución de Londres, de 27 de noviembre de 2007; la Declaración de París, de 23 de marzo de 2009; la Resolución de Benevento, de febrero de 2006, y multitud de otros acuerdos o resoluciones firmados por científicos expertos en campos electromagnéticos y con gran reputación en sus respectivas especialidades.

Muy interesante, y disponible en PubMed, es la Declaración de Seletun, Noruega, de noviembre de 2009. El artículo se titula Scientific Panel on Electromagnetic Field Health Risks: Consensus Points, Recommendations, and Rationales y aparece publicado en Reviews on Environmental Health, vol 25, nº4 2010; se trata del boletín oficial de los inspectores del Instituto Canadiense de Salud Pública.

El propio Parlamento Europeo aprobó el 2 de abril de 2009 una resolución en la que reconoce explícitamente que “cada ciudadano está expuesto a una mezcla compleja de campos eléctricos y magnéticos de diferentes frecuencias tanto en el hogar como en el trabajo” y que dichos campos electromagnéticos “pueden producir efectos adversos para la salud humana”. El Parlamento Europeo, en esa resolución, insta a su comité científico a revisar los riesgos existentes; pide a los estados miembro y a la industria que colaboren para buscar tecnologías alternativas que reduzcan la exposición de la población a campos electromagnéticos; y recomienda medidas de precaución a la hora de utilizar determinadas tecnologías.

Es evidente que ya existen suficientes datos, recurrentes y todos ellos preocupantes, como para seguir cerrando los ojos a esta situación. Los avances científicos concretos suelen tardar en ser comúnmente aceptados por la comunidad científica y en divulgarse a toda la sociedad, y eso es ni más ni menos lo que está pasando en el momento actual. Pero de ahí a que se silencie el problema, se desprestigie a Geosanix o se ataque a RTVE por divulgar este problema (que es de todos, porque todos estamos expuestos), hay un mundo.

2. «¿Cómo puede ser que el efecto se evite apagando determinados aparatos o electrodomésticos? ¿No debemos preocuparnos porque basta desenchufarlos antes de dormir? ¿Cuando estamos despiertos, estas malignas radiaciones no hacen nada?”

Más que apagar los aparatos eléctricos o los electrodomésticos, el efecto nocivo de los campos que generan dichos aparatos se evita asegurándonos de que la conexión eléctrica es correcta y la toma de tierra cumple su función. Un simple buscapolos, herramienta de uso cotidiano para cualquier electricista y de venta en ferreterías por un módico precio, basta para confirmar que el aparato no continúe en carga eléctrica mientras está apagado.

Esto en lo que se refiere a aparatos eléctricos, pero no olvidemos que cada vez proliferan más otros riesgos, como las altas frecuencias. Nuestros hogares y oficinas están llenos de tecnologías inalámbricas (router wifi, teléfonos inalámbricos DECT, antenas de telefonía móvil frente a nuestras ventanas, teléfonos móviles en nuestras mesillas de noche…). Hemos abierto voluntariamente las puertas de nuestras casas y de nuestros centros de trabajo a toda una serie de fuentes de altas frecuencias. Estamos rodeados de aparatos que continuamente se envían información entre sí mediante campos electromagnéticos. Y la realidad es que estos aparatos suelen dejarse siempre encendidos y en funcionamiento, incluso aunque no se estén usando, cosa totalmente ilógica.

Como resultado, vivimos sumidos en un auténtico océano de radiaciones, cada vez más numerosas e intensas, para el cual no estamos biológicamente preparados y que no pertenece a nuestra naturaleza evolutiva.

Y no, no es que las radiaciones sean más nocivas cuando dormimos. Lo que ocurre es que dormimos unas ocho horas al día, y eso es mucho tiempo para estar expuesto, día tras día, mes tras mes, año tras año, a un posible riesgo electromagnético del que seguramente no seamos conscientes. Recordemos que las radiaciones son más o menos nocivas en función de su intensidad y del tiempo de exposición. Una cosa es estar un rato expuesto a determinado campo electromagnético y otra muy distinta es someternos muchas horas al día a un campo de mayor intensidad durante toda la vida. Por eso conviene analizar nuestro entorno, estudiar a qué posibles peligros estamos expuestos, y eliminarlos o minimizarlos. Las zonas de alta permanencia, como la cama o el lugar de trabajo, son especialmente importantes, como ya hemos explicado.

3. “Para parar las ondas electromagnéticas hay que meterse en una jaula de metal, no hay otra manera de aislarse de las ondas electromagnéticas”.

Efectivamente, cualquier material conductor situado en un campo eléctrico sufrirá cambios en la distribución de sus cargas. Estas corrientes a su vez generan campos eléctricos opuestos al campo eléctrico de partida. En este principio se basa la conocida jaula de Faraday.

Sin embargo, no es cierto que la jaula de Faraday sea la única forma de protegerse frente a los campos electromagnéticos. Como se puede leer en cualquier libro de electromagnetismo, los campos electromagnéticos pueden sufrir reflexión en superficies debido a las corrientes de Foucault. Asimismo, materiales de alta permeabilidad magnética como el mu-metal son capaces de “desviar” los campos magnéticos de baja frecuencia (fundamentalmente los que provienen de la red eléctrica, 50 Hz), lo que nos permite evitar que dichos campos penetren en un lugar concreto, como un inmueble.

Para las radiaciones de alta frecuencia (antenas de telefonía móvil, routers wifi, etc) utilizamos tejidos apantallantes confeccionados con un hilado metálico entretejido que ejerce de conductor y genera un efecto similar al de una jaula de Faraday. También podemos utilizar pinturas de grafito para pintar determinadas paredes y así apantallar radiofrecuencias o eliminar campos eléctricos de la instalación de una vivienda. Muchas veces no hace falta más que apantallar una pared, o poner una lámina de este material debajo de una cama… todo depende de las características y del origen de cada campo electromagnético.

En definitiva, el propósito de estas técnicas no es hacer desaparecer por completo un campo electromagnético en nuestro entorno, sino reducir su intensidad y, por tanto, minimizar el riesgo para nuestra salud por exposición prolongada, que es nuestro ámbito de trabajo.

4. «Es publicidad encubierta».

Informar de riesgos para nuestra salud y de posibles soluciones que mejoran las condiciones de vida de la humanidad no puede ser jamás publicidad encubierta. Por esa regla de tres, jamás veríamos noticias del tipo “el hospital x realiza con éxito el primer trasplante de x en el mundo”, por ejemplo, porque sería publicidad encubierta del hospital. Quienes esgrimen este tipo de argumentos parecen no pensar en las personas que necesitan esa información para mejorar su calidad de vida. Lo que ha hecho La 1 no es publicidad encubierta, sino todo lo contrario: es divulgar, concienciar a la población sobre una realidad que desconocen y en la que están trabajando cientos de científicos de todo el mundo y, en definitiva, es dar un servicio público a la sociedad, que es la razón de ser de RTVE.

Todos sabemos que la información en televisión es complicada: en apenas 60 segundos hay que combinar rigor científico con explicaciones que cualquier ciudadano pueda entender, sea cual sea su formación. En tan poco tiempo es imposible poner sobre la mesa los múltiples estudios existentes; explicar los mecanismos biológicos por los que las radiaciones pueden resultar nocivas a largo plazo; por qué son importantes factores tales como la intensidad de la radiación o el tiempo de exposición; etc. Pero todo eso no es motivo suficiente para descalificar este tipo de informaciones o negar una realidad científica que está al alcance de cualquiera que no se empeñe en cerrar los ojos.

Con solo 0,00006 µW/cm2

He medido la radiación de fondo de microondas en la casa de San Roque, y he obtenido 0,00006 microvatios por centímetro cuadrado. He recibido y enviado multitud de llamadas y SMS de felicitación durante esta Navidad, y os puedo asegurar que no me ha fallado en ningún momento la cobertura. No me lo explico. Entonces ¿para qué necesitamos valores legales de hasta 450 µW/cm2 (microvatios por centímetro cuadrado) o mayores? ¿Por qué intentan convencernos de que son imprescindibles para garantizarnos el servicio a los usuarios?

¿Es que no tenemos suficiente con los 0,1 µW/cm2 que propone la convención científica de Salzburgo de 2000? Este dato ya es más de 1.600 veces mayor de lo que hay en el ambiente de la casa de San Roque, o de lo que pude medir en la habitación del hotel de Salzburgo en el que estuve hospedado este verano.

El valor de 0,1 µW/cm2 es el aceptado como seguro por la comunidad científica internacional más crítica con la exposición ambiental continuada a campos electromagnéticos por telefonía móvil u otras tecnologías inalámbricas. Y si este valor es el aceptado por dicha comunidad, ¿por qué es tan difícil ponerse de acuerdo para adaptar la tecnología en beneficio de todos?

Hay margen más que suficiente para poder hacerlo, ¿no creéis?

Un premio a la divulgación periodística

Éstas son unas Navidades muy especiales para la Fundación para la Salud Geoambiental, de la que como ya sabéis soy vicepresidente. Llevábamos meses trabajando en la convocatoria del I Premio de Periodismo Geoambiental, y por fin el galardón ve la luz. El ganador de esta primera edición ha sido Javier Gregori, periodista de la Cadena Ser, por el reportaje que realizó el pasado 14 de mayo de 2010.

No ha sido fácil fallar este premio porque han concurrido trabajos de gran calidad periodística y divulgativa. Además, las candidaturas presentadas son especialmente meritorias, dada la dificultad añadida que supone informar sobre la salud geoambiental. El problema de las radiaciones naturales y artificiales no es sencillo de explicar y siempre es una tentación, tanto para los periodistas como para nosotros, como fuente informativa, caer en la simplificación del problema, en un intento de hacerlo más comprensible para la gente.

Pero Javier Gregori, que tiene a sus espaldas una larga trayectoria en información científica, ha hecho sencilla esta tarea, planteando las preguntas apropiadas, con un talante inquisitivo y abierto e interesándose por cuestiones tan relevantes para nuestro bienestar como desconocidas aún por la opinión pública. El resultado de su rigor y profesionalidad es no sólo el reportaje premiado, sino otros muchos trabajos (aquí otro ejemplo, éste en versión vídeo) que convierten la labor periodística de Gregori en un auténtico activo para ir concienciando a la población sobre la necesidad de protegerse de las radiaciones del entorno y de poner en marcha determinadas medidas de protección geoambiental.

En la Fundación para la Salud Geoambiental estamos muy satisfechos por el éxito de convocatoria que ha tenido este Premio de Periodismo Geoambiental entre los profesionales de la información. Como os digo, ha sido muy difícil elegir al ganador y sólo esperamos que en próximas convocatorias siga siendo igual de difícil. Eso significará que los reportajes publicados merecen la pena y que la opinión pública estará cada vez más y mejor informada sobre los efectos de las radiaciones en nuestra salud.

Desde aquí, mis más cordiales felicitaciones a Javier Gregori y a la Cadena Ser, y felices fiestas a todos vosotros.

Las biocamas, otras que quitan el sueño

Al principio parecía tratarse de una emisión de campo eléctrico convencional producida por la instalación eléctrica del piso donde estaba trabajando. En la pared donde se apoyaba el cabecero de la cama en el dormitorio principal había valores de entre 150 y 180 voltios por metro (V/m), pero al medir sobre la cama aparecieron valores más elevados a pesar de alejar el medidor de la pared (donde debían estar los cables que aparentemente producían el campo). En la zona de los pies en la cama se llegaban a medir hasta 570 voltios por metro (V/m). Lo primero que pensé es que se trataba de una cama eléctrica articulada, miré debajo de la cama en busca de cables y motores, pero para mi sorpresa, lo que encontré fue una maceta de barro con arena y un cable terminado en una bola de bronce que conectaba la cama con el tiesto.

El cliente me comentó que la cama estaba diseñada especialmente para eliminar los efectos producidos por el electro smog y las influencias geopatógenas del terreno, y que necesitaba la maceta con arena para descargar a tierra los efectos nocivos del ambiente. «Por prescripción del fabricante».

Bien, para ver a qué estaba conectado el cable que salía de la maceta, comenzamos a quitarle la ropa a la cama hasta llegar a unas láminas tapizadas sujetas al colchón. El material tenía que ser muy buen conductor y la maceta no podía disipar más que un tapón de corcho, porque el campo eléctrico sobre las láminas tapizadas sin sábanas y sin edredón no bajaba de los 2.000 voltios por metro (V/m).

Al desconectar la instalación eléctrica de la vivienda el campo desaparecía, 0 voltios por metro (V/m). Se desmontaron las láminas, se volvió a conectar la instalación y el campo eléctrico que aparecía en la cama no superaba los 150 voltios por metro (V/m) cerca de la cabecera (el campo que producían los cables de la instalación eléctrica en la pared). Indudablemente la cama no funcionaba como mitigador sino más bien como amplificador de alguno de los riesgos que pretendía corregir.

Cada día lo tengo más claro, las camas sin chismes, sin cables, sin estructuras metálicas, hechas de materiales naturales, no suelen dar problemas. Y el campo o radiación que menos nos afecta, es aquel al que no nos exponemos. En cuanto a los sistemas de protección y apantallado, siempre deberían ser verificados por un experto que pueda comprobar su correcto funcionamiento una vez instalados.

¿Habéis tenido alguna experiencia similar con este tipo de camas?